“Chat, búscame un precedente”: El abogado que confió en la IA y terminó sentenciado
Hay días en los que el ejercicio de la abogacía es duro: horas estudiando tomos infumables, repasando la jurisprudencia del Tribunal Supremo y memorizando artículos del Código Civil. Y luego están esos días en los que descubres que existe una Inteligencia Artificial a la que le puedes pedir que te haga el trabajo en tres segundos mientras te tomas un café.
Lo que nadie le avisó a nuestro letrado protagonista es que a la IA le encanta el melodrama, la literatura de ficción y, sobre todo, inventarse cosas con una convicción aterradora.
“Cita jurídica o novela de ciencia ficción”
Todo comenzó con un escrito judicial repleto de solidez jurídica. O eso parecía. El abogado, confiado en los avances de la tecnología del siglo XXI, le pidió a su asistente virtual que le buscara jurisprudencia contundente para respaldar su caso. La IA, que es muy servicial pero también muy fantasiosa, le sirvió en bandeja de plata una docena de sentencias impecables, redactadas con un lenguaje leguleyo impecable, números de referencia, fechas y argumentos brillantes.
El único pequeño detalle insignificante era uno: ninguna de esas sentencias existía en la realidad.
Cuando el tribunal —compuesto por jueces de carne y hueso que aún tienen la manía de verificar las fuentes— intentó buscar los precedentes citados, saltó la sorpresa. Las sentencias de la Suprema Corte resultaron ser tan reales como el mapa de la Atlántida o las promesas de año nuevo.
Al ser interrogado sobre el origen de semejantes hallazgos jurídicos, el letrado admitió la verdad con la candidez de un niño atrapado con las manos en la masa: se lo había pedido a la IA. Es más, para asegurarse de que no le estaba tomando el pelo, el abogado llegó a preguntarle al chatbot: “¿Pero estos casos son reales?”, a lo que la máquina respondió fríamente: “Sí, por supuesto, son totalmente auténticos”. Confianza ciega en la era digital.
La sentencia: Una multa con mucha retranca
El Tribunal, tras recuperarse del choque cultural y ético, decidió condenar/multar al letrado por vulnerar la buena fe procesal y la obligación de supervisión humana.
Pero lo mejor de la sanción impuesta no fue la cuantía, sino la exquisita ironía poética de los jueces: la multa fijada fue equivalente, euro arriba o euro abajo, al coste de una suscripción anual a un software de base de datos jurídica profesional de verdad.
Básicamente, la Justicia le vino a decir: “Pague usted la multa, que viene a ser exactamente lo que se habría gastado si hubiera pagado una herramienta profesional en lugar de jugar con el chat gratuito”.
Lecciones para el foro
De esta historia nos quedan varias enseñanzas fundamentales para el futuro del Derecho:
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La IA no alucina, crea realidades alternativas: Si necesitas ganar un juicio sobre derecho de propiedad en Marte, la IA es tu abogada ideal. Para el Juzgado de lo Contencioso nº 3 de tu ciudad, mejor usa el Código Penal.
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El botón de Copiar y Pegar lo carga el diablo: Verifique sus fuentes, porque la IA puede citar con absoluta serenidad la sentencia Barbie contra Ken sobre pensión alimenticia de la Casa de Ensueño.
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Los jueces no tienen sentido del humor tecnológico: A la hora de redactar un recurso de apelación, las “alucinaciones” de la máquina son interpretadas por el señor Juez como “tomadura de pelo”.
Así que ya lo saben, letrados del mundo: la próxima vez que le pidan a la Inteligencia Artificial que les redacte una demanda, al menos tómense la molestia de buscar las sentencias en Google. Si no, corren el riesgo de terminar pagando la suscripción VIP del tribunal a base de multas.
¡Se levanta la sesión!